Mejor votar menos a menudo

 
(Publicado en Diario SUR de Málaga el 16 de febrero de 2026)

- Las reglas del juego (CVI) - 
 

Nuestra Constitución define España como un Estado democrático: el pueblo, del que emanan los poderes, es el titular de la soberanía nacional. Cuando el pueblo vota decide el rumbo de la política. Cada vez que los ciudadanos depositan la papeleta en la urna ejercen uno de los más importantes derechos fundamentales. Por eso, la calidad de los sistemas electorales es uno de los elementos determinantes de la calidad de las democracias.

La del nuestro es razonablemente buena. Entre sus fortalezas está su integridad (nuestras elecciones son limpias), su estabilidad (gracias a la cual su funcionamiento es fácilmente comprensible por los electores) y su legitimidad (hay un amplio consenso social sobre la obligación de aceptar sus resultados). También tiene puntos débiles que la academia tiene muy estudiados, como por ejemplo las desigualdades en el valor del voto que genera nuestra manera de adjudicar los escaños en algunos distritos poco poblados, que suelen estar sobrerrepresentados. Se trata de un problema más fácil de diagnosticar que de resolver, pues hay quien defiende que si algo le faltaba a la España vaciada era perder peso en los parlamentos. Además, sabemos tanto del funcionamiento del sistema que se puede pronosticar con bastante precisión a quien perjudicará y a quien beneficiará cualquier reforma, lo que dificulta un análisis imparcial de las que serían necesarias.

En mi opinión, hay una nota de nuestro sistema electoral que está teniendo efectos cada vez más perjudiciales en el funcionamiento de la democracia española: la frecuencia con la que se suceden las convocatorias. Los adelantos electorales se han vuelto moneda común, causados por la imposibilidad de investir gobiernos, de aprobar presupuestos o por la creencia (que no siempre se confirma) de que benefician a quien disuelve anticipadamente las Cámaras. Hace tiempo que saltó por los aires la pretensión de que las elecciones autonómicas coincidieran siempre con las locales, que hoy por hoy son las únicas que no pueden anticiparse. La consecuencia es que raro es el año en el que no hay una o varias convocatorias electorales. En este, que empezó con la resaca de las celebradas en Extremadura en diciembre, ya hemos tenido las de Aragón, en breve serán las de Castilla y León y un poco después las de Andalucía.

La democracia y la demoscopia están muy relacionadas, pero no deben confundirse. Una democracia sin elecciones periódicas no es digna de ese nombre, pero una democracia en la que se está continuamente votando pierde la calma necesaria para una buena labor de gobierno, para la que es imprescindible la alternancia entre períodos electorales con períodos de estabilidad. Si votáramos menos a menudo nuestra democracia funcionaría mejor.

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