Tradición educativa

 

          


(Publicado en Diario SUR de Málaga el 29 de junio de 2026)

- Las reglas del juego (CXVI) -


Se va terminando el actual curso académico y, de nuevo, mi universidad (como todas) lanza sus convocatorias de innovación educativa para el próximo. Al parecer, nadie echa de menos una convocatoria de tradición educativa, a cuyo amparo se puedan presentar proyectos para conservar las prácticas de enseñanza que durante años han funcionado en la universidad y que hoy parecen estar en peligro de extinción.

Cada nuevo avance tecnológico ha ido acompañado de la esperanza de que, por sí solo, resolvería los problemas del aprendizaje. Ocurrió con la radio, con la televisión, con Internet y, más recientemente, con la inteligencia artificial. Todas estas innovaciones han aportado posibilidades extraordinarias, pero ninguna ha hecho innecesarias las buenas prácticas educativas que ya existían. Quizá convenga recordar esta evidencia en un momento en que la universidad parece haber convertido la innovación en un valor casi indiscutible.

Está claro que la universidad no puede permanecer ajena a los cambios sociales y tecnológicos; tampoco tendría sentido ignorar metodologías que han demostrado mejorar determinados procesos de aprendizaje. Sería un error identificar la defensa de algunas tradiciones con una resistencia acrítica al cambio. Sin embargo, también sería un error de signo contrario pensar que todo aquello que lleva décadas —o siglos— formando parte de la vida universitaria debe desaparecer simplemente porque ya no resulta novedoso. A veces tengo la impresión de que determinadas prácticas docentes no se abandonan porque hayan dejado de ser útiles, sino porque resulta más difícil presentarlas como una innovación.

La clase magistral constituye un buen ejemplo. Naturalmente, una mala clase magistral seguirá siendo una mala clase, igual que una metodología participativa mal planteada tampoco produce buenos resultados. Pero cuando un profesor conoce su materia, sabe ordenar las ideas y consigue despertar la curiosidad de sus alumnos, la lección magistral continúa siendo un instrumento de enorme eficacia. Sucede lo mismo con el esfuerzo. En ocasiones parece transmitirse la idea de que aprender debe resultar siempre fácil, inmediato e incluso entretenido. Sin embargo, el conocimiento sólido exige tiempo, concentración y constancia. No existe innovación capaz de eliminar esa exigencia. Del mismo modo que nadie aprende un idioma, interpreta una partitura o comprende un problema jurídico complejo sin dedicarle horas de trabajo, tampoco la universidad puede prescindir de esa dimensión del aprendizaje. Probablemente, el verdadero reto no consista en elegir entre innovación y tradición, como si ambas fueran incompatibles. Las instituciones que mejor funcionan suelen incorporar con naturalidad los avances que ofrecen un valor añadido, sin renunciar por ello a aquellas prácticas cuya utilidad ha sido contrastada durante generaciones. Innovar es imprescindible; pero también lo es conservar aquello que sigue cumpliendo adecuadamente su función. Después de todo, una universidad no demuestra su capacidad de renovarse por romper con todo lo anterior, sino por saber distinguir qué merece cambiar y qué merece permanecer.

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