Mirar al futuro
Cuando el porvenir es incierto, es fácil ceder a la tentación de mirar atrás buscando un refugio que alivie la incertidumbre. Nos sucede a las personas y también a las sociedades. Desconocer el pasado no suele ser una buena receta para afrontar con éxito el futuro, pero tampoco lo es mantener mucho tiempo la mirada retrospectiva: no es posible caminar hacia adelante con la cabeza vuelta para atrás.
En la semana que acaba de terminar, la sociedad española ha hecho un sabio ejercicio de mirar a su pasado. El acceso público a la documentación sobre el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, que ha sido ahora desclasificada por el Gobierno, no ha sacado a la luz ningún secreto que no hubiera sido desvelado antes, pero sí ha servido para generalizar la convicción (salvo para los que nunca se rinden a las evidencias) de que muy probablemente no quede ya ningún secreto por desvelar. Sería de desear que, aclarada la cuestión, dejáramos a los historiadores la investigación de nuestro pasado y recuperáramos como sociedad el ánimo de mirar más resueltamente a nuestro futuro. Llevamos demasiado tiempo prestando más atención a los problemas que tuvimos como sociedad hace cuarenta, sesenta o noventa años que a los retos con los que tendremos que enfrentarnos en las próximas décadas. O peor aún: es probable que esa obsesión por el pasado nos haya enturbiado la visión, contribuyendo a crear alguna confusión sobre cómo deberíamos abordar el futuro. O todavía peor aún: es incluso posible que esa confusión se haya estado buscando deliberadamente
Se ha popularizado en los últimos años la idea de que la Transición se basó en un acuerdo para olvidar todo lo que hubo antes y que por eso hay ahora que mirar mucho al pasado, para colmar las lagunas propiciadas por ese pacto de silencio. No es cierto: durante aquellos años florecieron como nunca los estudios y publicaciones sobre la República, la guerra civil y el franquismo, saciándose la sed de una sociedad a la que durante la dictadura se le había privado de ese conocimiento. El gran pacto de la Transición no fue para silenciar u olvidar el pasado, sino para no esgrimirlo como objeto de confrontación política. Gracias a ese pacto, una generación de españoles pudo concentrar sus esfuerzos en asegurar el futuro de sus hijos más que en arreglar las cuentas de sus padres. Es el tipo de pacto del ahora andamos otra vez necesitados.

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